
Artículo de Opinión: Rubén Darío Paz, director de Gestión Cultural UNAH Campus Copán
(En memoria de mi padre, canoero del Ulúa)
Desde la visión antropológica, el tema de la muerte es demandante, sobre todo por la diversidad de criterios que los pueblos han construido, buscando explicaciones, unas más asombrosas que otras, prueba de ello es como recordamos a nuestros muertos, en diversas latitudes. Algunas prácticas responden al sincretismo religioso, producto de un pasado donde convergen elementos de culturas amerindias, la impronta colonial, pero además encontramos elementos africanos. Ejemplo de esto último es la extensa costa caribe hondureña, donde se baila, se canta y se come en ceremonias en torno a la muerte. Misquitos y tawahkas también suman particularidades, tanto que los primeros, cada dos años festejan el famoso sihkru-tara (gran evento).
A través de la historia nos encontramos con un universo de “cultos a la muerte”, como también una serie de deidades que le representan. El estudioso francés Edgar Morín es quien argumentó con amplitud el significado de la muerte en el mundo, en su libro El hombre y la muerte, a la fecha ya un clásico. Los festejos del Día de Muertos en México convocan a millones de seres humanos, incluso más allá de sus fronteras. La tradición del tzikin en pueblos mesoamericanos debe revitalizarse como expresiones culturales o como mínimo que esas manifestaciones formen parte de un currículo nacional básico.
En Honduras, sin importar credos religiosos, las iglesias promueven la “existencia del más allá” en una especie de fórmula mágica de “vida eterna”, o más bien esa esperanza ante lo desconocido. Al dialogar al interior de las familias es evidente el respeto por el difunto, mostrar la foto ampliada en la sala principal, encender velas en su memoria, guardar la camisa o el sombrero dominguero, coronas, ayunos en su memoria, colocar chongos negros en los dinteles de las puertas, festejar aniversarios, complacer los deseos del difunto e incluso asumir algunas revelaciones o apariciones a través de los sueños.
De lo solemne a lo pagano
En las distintas actividades que se llevan a cabo durante los eventos luctuosos, son evidentes las muestras de solidaridad, expresiones de cariño, de igual manera los espacios para compartir no solo amenas conversaciones, sino también comidas y bebidas, incluso espiritosas. Si bien a lo largo y ancho de nuestra geografía encontramos con expresiones similares, el tema de la muerte reviste sumo interés en la región sur del país. En la sala de las casas se confeccionan altares con matices atractivos, repletos de elementos religiosos, flores, montes silvestres, y en los pisos siempre se riegan hojas de pino, carreto o aceituno, con la idea de aromatizar. Los rezos revisten mucha participación, que se interrumpen con “comilonas” según la capacidad de los familiares. Se cree que el alma de los difuntos permanece en algunos recintos de los hogares, razón por la que, en el altar del rezo de novenario, se coloca un vaso de agua. Algunos relatos sostienen que, en caso de que la persona haya fallecido de muerte repentina, probablemente algunos pudieron haber muerto con sed. De igual forma cerca del vaso con agua, se coloca una vela encendida, con la idea de que si el alma del difunto anda penando, se guíe por esa luz.
El velorio reviste una alta participación, aún sin invitación, más evidente en los pueblos y el área rural hondureña, este espacio es para rendirle tributo al difunto, solidaridad y respeto a sus familiares. Aparte de los rezos acostumbrados se comparten comidas como tamales, café con pan y sopa de olla, bebidas estimulantes como la chicha de diferentes productos.
El velatorio constituye un acto comunitario de convivencia, bien para recordar las experiencias con el difunto o para perpetuar su memoria. En el "velorio" se juegan cartas, se cuentan anécdotas, chistes e incluso se actualizan chismes. Conforme avanzan las sociedades, estos rituales, van cambiando, algunas formas de velatorios son diferentes, y pueden variar de acuerdo al estrato económico, sexo, religiosidad o sitios geográficos, siendo los espacios rurales más apartados los más conservadores de ritos y procedimientos ancestrales. Desde el folklore también el talentoso Carlos Salgado nos legó su composición musical “súbete a la loma porque quiero ver dónde salen cohetes para ir a joder (bis)… Los velorios a mí me gustan, señora, porque dan guaro, guaro para beber, dan un naipe para jugar y un ochol de ocote para alumbrar…
Los velatorios nos convocan
Muchas de esas prácticas, que antes eran cotidianas, con el paso de los años y por una serie de factores han desaparecido, otras se han reinventado; el escritor Julio Escoto en un libro sobre San Pedro Sula recoge una imagen de mediados del siglo anterior, donde se observa que para velar un muerto, no era necesario el ataúd, su cuerpo se exhibía en mangas largas sobre una mesa, casi siempre con la mudada nueva, incluyendo calcetines. Mi madre conserva una fotografía donde su abuelo luce inerte, en un ataúd en forma de rombo alargado en los extremos y abierto al público mientras era velado. En ese ataúd el bisabuelo se ve catrín, pero con abundantes algodones en la boca, oídos y nariz.
El investigador Mario Ardón Mejía comenta: “En la ermita de la aldea de La Misión, en Taulabé, se encuentra un instrumento mortuorio para velar y trasladar a los muertos sin ataúd hasta el cementerio y era reutilizable. Según la tradición, su uso fue promovido por el padre Manuel de Jesús Subirana, quien eligió esa aldea como su centro de operaciones”.
En Ilama, Santa Bárbara, durante mi niñez, quizás por mi condición de entremetido, presencié cuando una señora le ataba los “dedos gordos” de los pies a un querido tío, que habían asesinado, pregunté en seguida por qué lo hacían y me dijeron “siempre que sucede una cosa así…, uno le amarra los dedos gordos de los pies al muerto para que el asesino no vaya a fugarse”. En efecto, sucedió, el malhechor no se fue. Años después me enteré que en otros pueblos del occidente de nuestro país esa práctica era normal, pero en las últimas dos décadas no he vuelto a presenciar dicha acción. El colega Mario Ardón Mejía también recuerda que “en una comunidad de Nueva Frontera (Santa Bárbara), en los años 90, ocurrió un caso en el que además se le colocó a la difunta un almuerzo bajo el sobaco, de tal manera que cuando el malhechor fuera a comer, la difunta se lo ofreciera. Esta práctica tiene muchas implicaciones que ponen el riesgo a los parientes cercanos del difunto, pues existe una serie de prácticas de identificación y reacción por parte de los malhechores para desvirtuar sus efectos.
Rezos a discreción en el sur hondureño
Después del sepelio, que casi siempre es acompañado con música de cuerda o según las posibilidades económicas se contrata una banda de vientos, bien de Goascorán o Langue, Valle. Posteriormente viene el novenario, que termina con mayor participación, sin faltar comida y bebida. Se festejan los cuarenta días, seis meses, el año y a partir del segundo año inician el "cabo de año”, que se prolonga hasta concluir nueve años de rezos conmemorativos. Todos los rezos conmemorativos implica elaboración de altar, organización, convocatoria y recursos para compartir. Incluso a las mujeres que preparan la comida y bebida de cada evento, si se quedan para el segundo rezo, que inicia más allá de las 11:00 pm, se les guarda una ración, que es un complemento de todo de lo que se comparte: tamales, pan de casa, refrescos etc., como un acto de agradecimiento.
Festejando el Día de Muertos
Lo mismo resulta cuando se celebra el 2 de noviembre (Día de Muertos). Las familias se disponen a limpiar las sepulturas, evocan oraciones, comparten comidas, bebidas y pasan parte del día alrededor de las tumbas de sus parientes. Los conjuntos musicales se hacen presentes, con el objetivo de ofrecer algunas canciones en memoria de los difuntos. Varios pueblos de occidente festejan a Casiano, ese monigote confeccionado por los jóvenes en La Labor, Sensenti, Ocotepeque, que es paseado en hombros y va pidiendo dulces y ayote con miel. Copán Ruinas desde el 2011 viene festejando los “tziquines”, y en las calles el 1 de noviembre (Día de todos los Santos) se escucha a grupos de niños diciendo… “ángeles somos del cielo, venimos, tzikin pedimos”. Pero si la respuesta es negativa, los niños apuntan “las ventanas son de hierro, las puertas son de zinc, esta vieja condenada, no me quiso dar tzikin…”, El tzikin no es más que una bolsita de dulces, bombas y juguetes, pero también se comparten ticucos, tamales, maitunes, café y pan. Para nadie es noticia en el occidente de Honduras que numerosas familias desde el 1 de noviembre preparan ayote con miel, creyendo que las ánimas benditas llegarán a comer…
Las celebraciones a los niños fallecidos
La muerte de un niño tiene otras connotaciones, resulta que los rezos se hacen a los 7 u 8 días, y a los 30 días solo si la familia decide, se les vuelve a rezar a los seis meses. Los altares se preparan al igual que los adultos, únicamente que las prendas que utilizan (sábanas) son de colores infantiles y algunas veces colocan un pastel en el altar, acompañado de la imagen del infante. Incluso se llega a argumentar que la muerte en la infancia es como una bendición para los miembros de la familia, ya que contarán con emisarios adelantados a la hora de sus respectivas muertes.
Después de la jornada de rezo casi a las 11:00 p.m. llega un grupo de músicos con instrumentos de cuerda y una pareja de niños (varón y niña) previamente seleccionados, portando cada uno de ellos una especie de ramo o palma confeccionada con flores y hojas almidonadas en diversos colores, proceden a bailar. Los niños pasan al centro y bailan una o tres canciones, mientras el público les hace una rueda para disfrutarlos. Los padres o familiares hacen plegarias en su memoria. Posteriormente se procede a compartir la comida que se ha preparado, el acto puede extenderse hasta la media noche. Estas palmas son llevadas hasta el cementerio y son sembradas o colocadas sobre la tumba.
El baile de la palma,se lleva a cabo en varios municipios de Choluteca, más notorio en Concepción de María, Orocuina, Apacilagua y El Corpus. En Valle se realiza en varias aldeas, sobre todo de Langue, San Francisco de Coray, Aramecina, Amapala y Goascorán. Resulta curioso que, en San Lorenzo, a esta festividad se le reconoce como “las palmeadas”. Esta práctica con sus variantes está difundida en otras regiones del centro y occidente de Honduras, pero escasamente se ha valorado desde la academia.
El levantamiento del espíritu
Conservo varias notas sobre los “levantamientos de espíritus” en otras regiones del país, particularmente en el occidente, sin embargo, sorprende que dicha práctica en la región sur, sobre todo en el área rural, se mantenga. El ritual se realiza como una garantía para evitar que las almas de los difuntos queden apareciendo en los sitios donde ocurrió su muerte natural, por accidente o por acción criminal. A los nueve días del fallecimiento de una persona, y en el marco de fin del novenario, si la persona ha muerto de manera natural, el “levantamiento del espíritu” se realiza en la casa donde falleció. Habitualmente es el hermano mayor el que procede junto a la rezadora principal al “levantamiento del espíritu”. La rezadora encargada de la ceremonia toma del altar un crucifijo a las 12:00 de la noche, se encienden velas, se cantan alabados y se prepara una rama del árbol de paraíso y se le agrega agua bendita, posteriormente con la misma rama proceden a regar el agua alrededor de la casa, o en la habitación donde expiró la persona, esto es de acuerdo a los espacios de la casa, se acostumbra a salir en grupo por una puerta y a entrar por otra. Luego el crucifijo nuevamente se coloca en el altar principal, se hace otro rezo y concluye el evento. He visto que encomiendan a un niño para que mientras rezan el credo, vaya levantando el crucifijo hasta colocarlo verticalmente al final de esta oración.
El levantamiento del espíritu igual se realiza, cuando una persona ha falleció de manera violenta. De la casa del difunto, se sale en procesión, presidida por familiares y amigos cercanos, la rezadora lleva el crucifijo, y al llegar al lugar con la rama del árbol del paraíso, procede a reprender al mal espíritu, mientras el resto de concurrentes, entona un melancólico himno, conocido como “el perdón”. Algunos relatos de personas que han asistido a este ritual, describen que en el lugar donde se levanta el espíritu han escuchado ruidos y lamentos.
A pesar de lo interesante que resultan las distintas manifestaciones arraigadas al interior de nuestros pueblos se han realizado pocos estudios. Con el ánimo de interesar a otros conocedores, destaco la descripción del Dr. Jesús Aguilar Paz, en Tradiciones y Leyendas de Honduras.
“En el levantamiento del espíritu, como arrancado de un antiguo culto esotérico, se conserva la costumbre en algunos pueblos de occidente y fronterizos con El Salvador de levantar el espíritu cuando ha muerto una persona. Fuera de colocar un vaso de agua, para que la paloma del espíritu venga a saciar su sed antes de remontar el vuelo a las remotas regiones de lo desconocido, usan los indígenas de Belén Gualcho, Ocotepeque, barrer el suelo con escobas de zacate natural, en el propio lugar donde descansó el cuerpo del difunto al concluir la novena, para que se aleje la sombra astral. (…)”. También Aguilar Paz describe elementos interesantes en algunos pueblos de Copán: “Cuando un individuo moría o muere en un camino o en el campo de trabajo, es decir fuera de su casa, los indígenas tenían y aún conservan la creencia de que el alma del desaparecido queda allí, entregada a tierno y continuo llanto mientras no se vaya a levantar. Para “levantar un espíritu” lo primero es conseguir un maestro entendido en estas ceremonias, que vaya al lugar del suceso a rezar sus oraciones y que las repita durante nueve días. Los parientes y amigos del difunto acompañaban al maestro provistos de ramos, que deben ser de uvilla muy verde y al comenzar el maestro sus oraciones, los concurrentes golpean el suelo con los ramos repitiendo en coro, “Levántate (aquí el nombre del muerto) y vámonos", después de algunas oraciones y cuando el maestro lo indica, inicia una procesión hacia la casa del fallecido, repitiendo seguidamente, “Venite… no te quedés”, golpeando el suelo con sus ramos.
Evidentemente la riqueza cultural del país es fascinante, no obstante, muchas expresiones han desaparecido, pero estamos a tiempo para que, desde las diferentes organizaciones municipales, se retomen, se valoren y en el mejor de los casos esas prácticas culturales se asuman como elementos prioritarios para fortalecer nuestra frágil identidad nacional.
Cementerios e indiferencia de las corporaciones municipales
El manejo y ubicación de los cementerios o lugares de enterramiento también han cambiado, si no, demos una mirada al mundo maya. Con la consolidación del mestizaje en América, las prácticas funerarias han venido recreándose. Por siglos, el interior de las iglesias fue lugar de enterramiento, se depositaban los restos, cerca o lejos del altar principal, más en función de los nexos entre el fallecido y autoridades eclesiásticas. A la fecha varios expresidentes de Honduras, están enterrados en iglesias y catedrales. Conforme las poblaciones fueron creciendo, se buscaron lugares al frente o los costados de algunas iglesias, quizás el mejor referente sea la Basílica del Santo Cristo de Esquipulas, o en el caso hondureño, un planificado cementerio frente a la Basílica de Nuestra Señora de Suyapa, en Tegucigalpa.
En varios pueblos de Honduras el cementerio casi siempre se encuentra a distancia considerable del casco urbano, de acuerdo a normativas legales y se le sigue llamando camposanto, y más que respeto, siempre se percibe un temor a los muertos.
Es significativo el hecho de que algunos municipios de Honduras tienen especial cuidado por sus cementerios, en otros pueblos, aunque tienen cementerios de sumo interés, sus alcaldes han actuado con total indiferencia, y muchos de los edificios arquitectónicos de siglos pasados se caen en pedazos, otros mausoleos fueron destruidos, incluso donde había restos de personajes influyentes que le dieron gloria a Honduras.
Hemos sido incapaces de insertar los cementerios antiguos (Tegucigalpa, Trujillo, Antiguo Ocotepeque, Olanchito, El Porvenir, La Ceiba, Corquín, Santa Rosa de Copán, Gracias y Erandique (un camposanto indígena), en San Pedro Sula un cementerio chino, ejemplos que bien podrían gestionarse como propuestas de necroturismo y que e otros países han generado tanto interés y aprendizaje.



Comentarios