
Por: Elin Josué Rodríguez
Detrás de expresiones que para buena parte de la población hondureña pueden resultar desconocidas, existen códigos lingüísticos que revelan una forma particular de comunicación, identidad y pertenencia, un patrimonio cultural que ahora comienza a tener un espacio en la investigación académica de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), mediante un estudio que documenta 96 unidades léxicas utilizadas por mujeres transexuales y hombres gay en Tegucigalpa.
Se trata de la investigación de grado “Nada que verienta: léxico tabú (eufemismos y disfemismos) empleado por personas transexuales y gay en Tegucigalpa, Honduras”, desarrollada por Katia Patricia Portillo, estudiante de la Carrera de Letras con Orientación en Lingüística, de la Facultad de Humanidades y Artes, cuyos resultados fueron presentados en el Congreso de Investigación y Posgrados de esta unidad académica.
El trabajo representa un aporte a la documentación del español hondureño desde una perspectiva sociolingüística y lexicográfica, al estudiar expresiones que, pese a formar parte de la comunicación cotidiana de determinados grupos sociales, han permanecido al margen de los registros académicos tradicionales.
Portillo explicó que el propósito fue identificar y analizar las palabras que utilizan estos colectivos, particularmente aquellas relacionadas con la sexualidad, las relaciones interpersonales, la apariencia física y las dinámicas propias de su entorno, encontrando que muchas expresiones adquieren significados distintos dependiendo de quién las pronuncie y del contexto en que se utilicen.
“Ellos se apropian de ese lenguaje y lo resignifican, es decir, le dan otro significado”, explicó la investigadora al referirse a uno de los fenómenos centrales de su estudio: la transformación de palabras que originalmente tienen una carga ofensiva o despectiva, pero que dentro de la comunidad pueden convertirse en expresiones de confianza, complicidad e incluso afecto.
Uno de los ejemplos identificados es la palabra culero, que en el uso externo puede funcionar como un insulto dirigido a personas de la diversidad sexual, mientras que entre integrantes de la comunidad también puede emplearse como una forma coloquial de llamar a un amigo o compañero cercano, despojándola, en ese contexto, de su intención ofensiva.
Otro caso es cafú, expresión que se utiliza para identificar un pene de grandes dimensiones, cuyo origen, según documenta la investigación, está relacionado con el apodo del reconocido futbolista brasileño Marcos Evangelista de Moraes, más conocido como Cafú, cuya figura fue incorporada a este código lingüístico mediante una asociación con características físicas.
En contraste, cota funciona como una denominación genérica del órgano sexual masculino, mientras que expresiones como caxear o capsiar adquieren una función comunicativa particular, pues permiten llamar discretamente la atención sobre una persona o identificar a alguien que pertenece a la comunidad sin hacerlo evidente para quienes desconocen sus códigos.
La investigación también registra palabras como escándala, utilizada para expresar asombro, admiración o describir una situación que genera revuelo; diva, que puede referirse a una mujer transexual de apariencia atractiva o, dependiendo del contexto, a una persona con actitudes de superioridad; y nada que verienta, una construcción que modifica la expresión cotidiana “nada que ver” mediante un recurso creativo de sufijación para describir algo incoherente, desagradable o poco atractivo.
Un lenguaje que construye identidad y pertenencia
Más allá de identificar palabras y sus significados, la investigación permite comprender que este vocabulario cumple funciones sociales que trascienden la comunicación ordinaria, pues constituye un mecanismo de reconocimiento entre integrantes de la comunidad y, en determinados escenarios, una herramienta de protección frente a entornos donde expresar abiertamente la identidad puede generar rechazo o discriminación.
En términos lingüísticos, este fenómeno se conoce como criptolecto, una modalidad de comunicación basada en códigos compartidos que permiten a los integrantes de un grupo reconocerse, intercambiar información y establecer vínculos de pertenencia.
La investigación también identifica el uso de eufemismos y disfemismos, dos recursos mediante los cuales los hablantes suavizan expresiones consideradas socialmente incómodas o, por el contrario, utilizan palabras de carácter fuerte para transgredir convenciones y modificar su significado.
En ese sentido, la autora documenta expresiones como ser "de ambiente" y "entender el trámite", utilizadas como formas indirectas de identificar la pertenencia a la comunidad, sin necesidad de realizar una declaración explícita sobre la orientación sexual o identidad de género.
Para desarrollar el estudio se utilizó un enfoque cualitativo y descriptivo, mediante entrevistas semiestructuradas a mujeres transexuales y hombres gay residentes en el área metropolitana de Tegucigalpa, quienes aportaron sus conocimientos y experiencias para construir el corpus de 96 unidades léxicas.
Portillo señaló que documentar este vocabulario también representó un desafío debido a la limitada disponibilidad de estadísticas y registros oficiales que permitan conocer las características de los distintos sectores de la diversidad sexual en Honduras, una situación que evidencia la necesidad de ampliar las investigaciones académicas sobre estas poblaciones.
Un aporte al patrimonio lingüístico hondureño
Entre los hallazgos más relevantes destaca que este lenguaje no constituye un sistema cerrado, sino una expresión dinámica que evoluciona de acuerdo con las generaciones, los espacios geográficos y las relaciones sociales de quienes lo utilizan.
La investigación identifica, además, que algunas expresiones originadas o resignificadas dentro de estos grupos han trascendido hacia el habla cotidiana de la población capitalina, entre ellas éxito, mi ciela y diva, aunque al incorporarse al lenguaje general pueden perder parte de su significado identitario original.
Asimismo, registra cómo la cultura popular, las marcas comerciales y las metáforas se convierten en recursos para crear nuevas expresiones, evidenciando la capacidad de los hablantes para transformar el idioma y adaptarlo a sus propias experiencias.
Portillo destacó que “cada grupo puede manejar expresiones particulares y no necesariamente todos los términos son compartidos por las distintas identidades que conforman la diversidad sexual”, por lo que considera importante comprender estos códigos antes de utilizarlos o atribuirles significados fuera de su contexto.
El estudio concluye que documentar estas expresiones contribuye al reconocimiento de una parte del patrimonio lingüístico intangible de Honduras y abre posibilidades para nuevas investigaciones que incorporen a otros sectores de la diversidad sexual, como la comunidad lésbica, así como a otros contextos geográficos del país.
Con este tipo de trabajos se fortalece la investigación en el campo de las humanidades y las ciencias del lenguaje, al reconocer que las formas de comunicación de los distintos grupos sociales también constituyen fuentes de conocimiento, memoria e identidad cultural.



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