UNAH prevé sequía en 2026, pero descarta un evento climático catastrófico
Fotografía de Clarissa Donaire/Presencia Universitaria.

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Periodista: Elin Josué Rodríguez

Expertos en meteorología e hidrología de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) llaman a no alarmar a la población llamándole “Niño Godzilla” al fenómeno de El Niño, pronosticado para este año, no obstante, recomiendan al gobierno, funcionarios y productores agrícolas tomar medidas para afrontar la crisis climática que este dejará (sequías).

Lejos del alarmismo mediático, los especialistas insisten en que el fenómeno, aunque confirmado para 2026, aún está en fase de evolución y su intensidad definitiva no puede establecerse con certeza. La evidencia científica disponible apunta a un escenario probable de impacto, pero no necesariamente catastrófico.

El docente de Meteorología de la UNAH, Josué Mejía, con datos de la Organización Mundial de Meteorología (OMM), del Centro de Predicciones Climáticas y de Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés), agencia estadounidense del Departamento de Comercio explica que el fenómeno de El Niño responde al calentamiento anómalo de las aguas del océano Pacífico, particularmente en la región conocida como “3.4”, un indicador clave para medir sus efectos en Centroamérica. Cuando la temperatura superficial del mar supera en más de 0.5 grados centígrados el promedio durante varios meses consecutivos, se configura oficialmente un evento de El Niño.

A partir de modelos internacionales, que combinan análisis dinámicos y estadísticos provenientes de centros científicos de Europa, Asia y Estados Unidos, los pronósticos más recientes coinciden en que el fenómeno se desarrollará a lo largo del año, sin embargo, la discusión central no es su ocurrencia, sino su magnitud.

Fenomeno del nino

Gráficas de proyección del NOAA.

“Hasta ahora, el promedio de los modelos indica que el calentamiento podría alcanzar alrededor de 1.5 grados centígrados, es un Niño fuerte, sí, pero no extremo como el de 2015-2016”, señala Mejía, en referencia al evento que alcanzó anomalías cercanas a los 2.8 grados y provocó severas sequías en distintas regiones del mundo.

Etiquetas amarillistas

El término “Niño Godzilla”, popularizado en algunos espacios mediáticos, surge precisamente de ese episodio excepcional, no obstante, los expertos advierten que utilizar esa etiqueta en el contexto actual distorsiona la percepción del riesgo. “No es responsable generar miedo con escenarios que aún no están respaldados por la evidencia”, subraya el académico.

Las proyecciones indican que el fenómeno comenzaría a consolidarse entre junio y julio, con una tendencia a fortalecerse hacia el último trimestre del año, aun así, la probabilidad de un evento “muy fuerte” se mantiene baja, alrededor del 25%. En contraste, los escenarios más probables lo ubican entre una intensidad débil y moderada en los primeros meses, con posibilidad de transición a condiciones moderadas o fuertes hacia finales de 2026.

Sequía

Más allá de la intensidad, hay un elemento que sí genera consenso: la reducción de las lluvias. “Siempre que hay un fenómeno de El Niño, hay sequía, la pregunta no es si va a ocurrir, sino qué tan severa será”, explica Mejía. En casos extremos, la precipitación puede reducirse hasta en un 40 %, aunque por ahora los modelos no apuntan a una disminución de esa magnitud.

El impacto, además, no será uniforme, debido a la naturaleza caótica del sistema climático, algunas regiones podrían experimentar afectaciones más severas que otras, históricamente, el llamado Corredor Seco es el más vulnerable.

En la misma línea, el hidrólogo de la UNAH, Max Ayala, advierte que Honduras enfrentará una disminución en la disponibilidad de agua a partir de mediados de año. “Vamos a tener menos lluvias, un posible retraso en el inicio de la temporada lluviosa y una extensión de la época seca”, explica.

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Gráfica de secuencia del fenómeno del Niño.

Impactos

Estas condiciones podrían traducirse en dificultades para la producción agrícola, especialmente en un país donde gran parte de los cultivos depende directamente de la lluvia.

Ayala señala que será clave ajustar los calendarios de siembra y evitar decisiones precipitadas ante posibles “falsos inicios” de la temporada lluviosa, como ya ha ocurrido en años anteriores.

El impacto también alcanzará al sistema energético, con una matriz que depende en gran medida de la generación hidroeléctrica, ya que la reducción de caudales podría limitar la producción de energía, obligando a recurrir a fuentes más costosas como la energía a base de búnker, a esto se suma una mayor demanda eléctrica provocada por el incremento de las temperaturas.

En el ámbito urbano, la gestión del agua se perfila como uno de los principales desafíos, problemas estructurales como las fugas en la red de distribución y la infraestructura obsoleta, agravan el panorama. “No solo es que habrá menos agua, sino que la que tenemos no se administra eficientemente”, advierte Ayala.

Pese a este escenario, los especialistas coinciden en que aún hay margen para la planificación. La clave, insisten, es seguir la información de fuentes oficiales como el Centro de Estudios Atmosféricos, Oceanográficos y Sísmicos (Cenaos) y la Comisión Permanente de Contingencias (Copeco), y evitar decisiones basadas en especulación o desinformación.

“El fenómeno va a impactar, eso es seguro, pero debemos prepararnos con datos, no con miedo”, resume Mejía.

El especialista universitario en meteorología concluyó que, aunque un evento fuerte requiere preparación y políticas de prevención, bautizarlo con nombres alarmistas distorsiona la percepción del riesgo real, pues la desinformación puede llevar a que las personas ignoren las alertas oficiales o tomen decisiones a la ligera o equivocadas.