
Por Kelssin Vásquez
En el dial de la Amplitud Modulada (AM) de los radios de los carros o de transistores hoy habita un sonido áspero. No es exactamente silencio: es estática. Un murmullo eléctrico que parece venir de otra época. Girar el botón del radio en Tegucigalpa es hoy como caminar por un edificio que alguna vez estuvo lleno de voces y ahora conserva apenas ecos y ruido. La AM se ha convertido en la morgue del tiempo.
Cuando apoderarse de la radio era tomar el país
Pero eso no fue siempre así, durante buena parte del siglo XX, la radio fue el sistema nervioso de Honduras. Antes de la inmediatez digital, el poder residía en los transmisores del cerro El Picacho. Entonces, tomar por la fuerza de las armas el control de las pocas, pero influyentes estaciones de radio, era el primer aviso de que los militares someterían el país. Esta escena se repitió en los golpes de Estado de 1963 y 1972: pasos firmes, el eco de botas militares sobre el piso de la cabina radial y la interrupción de la música por la voz de un coronel de cerro o de un ronco locutor, leyendo un comunicado. Luego, estas emisoras transmitirían un rosario de reconocidas melodías estadounidenses como Marcha sobre el río Kwai, Marcha Radetzky, Marcha de San Lorenzo, entre otras. Esta música sonaba con voz propia durante las cadenas de radio y televisión en el marco de los golpes de Estado perpetrados hace unas cinco décadas, pero de manera más reciente la pieza musical de La Mosquitia hondureña: Tap sap, estuvo en el top de las canciones más sonadas durante el golpe de Estado de 2009.
Desde el derrocamiento de Villeda Morales hasta la crisis de 2009, la radio no fue un accesorio, fue infraestructura de legitimación. Quien controlaba el micrófono, controlaba el relato en la República Bananera.
Voces de bronce y el mito del Indio Calcañal
Si las emisoras eran estructuras, las voces eran cimientos. En los años 50 emergió la figura de José Domingo Carranza, el "Indio Calcañal" en HRN. Fue el primer gran influencer analógico; su estilo popular y cercano le dio un poder masivo. Su muerte violenta en 1959 —presuntamente a manos de su esposa— y su entierro multitudinario en el Cementerio General lo elevaron a leyenda. Vinieron después "Los barberos de Barbería Dalila", Jorge Montenegro con sus Cuentos y Leyendas de Honduras. Herman Allan Padgett con Margarito El Guardia y Carlos Salgado, con la producción radial Frijol el Terrible, aún vigente en Radio Cadena Voces,
Junto a ellos surgiría una constelación de voces de autoridad para definir la identidad de la radio nacional; locutores como Nahún Valladares: la elegancia y el dato preciso; Antonio Mazariegos Velasco, el rigor informativo desde su propia radio de noticias, Radio Tegucigalpa. Rodrigo Wong Arévalo, Juan Bautista Vásquez y Luis Edgardo "Escopeta" Vallejo, hombres que transitaron de la épica deportiva en las grandes cadenas radiales a la conducción de icónicos noticieros, demostrando que, en Honduras, la voz es mando.
El mapa del olvido: las estaciones que se apagaron
Visitar el espectro de la AM, como reitero, es hoy un ejercicio de nostalgia. Allí quedaron las frecuencias que educaron el oído de nuestros padres y abuelos. Estaciones como Radio Universal y Radio Monumental, que eran santuarios de tríos y boleros de la época de oro de México, han callado.
Ya no se escuchan en el AM las señales de Solaris, la roquera estación más cerca del Sol, Radio Centro, Radio Comayagüela, ni la mítica Radio Televisión con su sello de rock “¡La pantera de la juventud Grrrrrr!”. También se desvanecieron Radio Reloj, Radio Tic Tac, Radio Capital y RCN (Radio Cadena de Noticias), el proyecto del cubano Waldo García que modernizó la producción radial. Incluso los gigantes como HRN, Radio América, Cadena Voces y Radio Satélite han migrado su alma al FM, dejando sus viejas frecuencias de AM como naves abandonadas.
La radio como escudo ante la tragedia
Si la AM era poder, también era refugio. En 1974, tras el paso del huracán Fifí, y en 1998 con el devastador Mitch, el radio de transistores fue el único puente de vida. Cuando los ríos se llevaron las carreteras y la energía eléctrica falló, la radio orientó evacuaciones y sostuvo emocionalmente a un país en shock. Lo mismo ocurrió recientemente con Eta e Iota; en la tragedia, el sonido es supervivencia.
La metamorfosis: del transistor al algoritmo
¿Por qué murió la AM? Algunos dicen que a las nuevas generaciones ya no les atrae ese sonido saturado (radio viejo); otros señalan el alto costo de mantenimiento de los transmisores de tubos para hacerlos estéreo. La FM ganó la batalla con su fidelidad, pero a un costo: la segmentación.
Hoy, el FM capitalino es un mosaico de radios musicales con voz, efectos y melodía, programas juveniles que alivian el tráfico interminable y un crecimiento exponencial de emisoras cristianas como La Voz Evangélica, Estéreo Más o la radio de CCI. La radio ya no es hegemónica; es fragmentada.
Último suspiro
Como decía el recién fallecido poeta del micrófono, Rolando Ramos del Valle: “Recordar es vivir”. Y en la radio, recordar es volver a escuchar. Quizá la AM sea una morgue, pero también es el archivo invisible de un país que aprendió a escucharse a sí mismo antes de verse en una pantalla.
Hoy, en el Día Mundial de la Radio, reconocemos que la radio en Honduras cambió de frecuencia, se volvió digital y se mudó al FM. Pero mientras exista alguien buscando compañía en la madrugada, la radio seguirá viva. Porque las naciones, al igual que los recuerdos, también se construyen con sonido.



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