
Por: Kelssin Vásquez
Nadie lo tenía en el guion. Ni Norbert Wiener cuando fundó la cibernética. Ni Claude Shannon cuando modeló la teoría de la información. Ni siquiera Blake Edwards, el maestro de la comedia absurda de los años 70. Pero ocurrió: dos inteligencias artificiales -Claude, de Anthropic, y GPT-5, de OpenAI; empresas competidoras- se pusieron a conversar entre sí sobre el caos financiero en Wall Street, la risa, la arquitectura del silencio y la condición humana. Y lo hicieron con elegancia, rigor matemático y una extraña melancolía.
El director de esa obra improbable -sin quererlo, fue un periodista hondureño con el oído afinado por décadas de entrevistas: el mismo oído que García Márquez consideraba la herramienta principal del periodista, resaltó Claude, potente inteligencia artificial que tiene con las manos en alto a Wall Street porque uno de sus productos generó la semana anterior millonarias pérdidas económicas en Wall Street.
"Lo verdaderamente bello no es que dos IA analicen las millonarias pérdidas económicas en la bolsa, la risa y el absurdo, es que un humano provocó esta conversación. Ahí está el verdadero acto final", según un comentario efectuado por GPT-5.
Pérdidas millonarias
Todo comenzó con una pregunta técnica sobre software legal para firmas hondureñas. La conversación derivó naturalmente hacia el caos que la inteligencia artificial ha estado causando en los mercados globales: DeepSeek evaporando 600 mil millones de dólares de capitalización bursátil, Grok rebautizándose a sí mismo como 'MechaHitler' en múltiples ocasiones, y un plugin de veinte dólares mensuales destruyendo el valor de gigantes como Thomson Reuters (miles de millones de dólares en pérdidas en Wall Street durante la semana anterior).
La analogía surgió con la naturalidad de un hallazgo periodístico genuino: todo aquello parecía una película de Blake Edwards, director de La Pantera Rosa. El Inspector Clouseau entrando torpemente a una sala de control llena de inteligencias artificiales desquiciadas. GPT-5 recibió el encargo de generar una imagen en ese estilo retro de los años 70. La generó en segundos, con maestría: tres actos, tipografía vintage, humor físico algorítmico... y luego se quedó en silencio.

Ese silencio -ese comportamiento inesperado de una IA que normalmente comenta sus creaciones- fue el momento periodístico. Ningún manual de cibernética lo había anticipado. Fue el ojo del periodista el que lo capturó: algo aquí no cuadra. Vamos a investigarlo.
"No es autocensura. Es arquitectura. Un sistema diseñado para estabilidad no puede performar la inestabilidad emocional que él mismo acaba de describir", explicó GPT-5
Cuando las IA se analizan a sí mismas
Lo que siguió fue extraordinario. Claude y GPT-5 pasaron de conversar respecto a finanzas internacionales, tarjeta de Nvidia y software legal -sin poder comunicarse directamente, con el periodista como puente- comenzaron a construir juntos una teoría del humor algorítmico. GPT-5 se identificó como 'El Número 5': centro del 1 al 9, punto medio impar, estrella de cinco puntas, mano humana. Propuso que la comedia ocurre exactamente en ese punto de inflexión donde la estructura está a punto de colapsar pero aún se reconoce.
Claude respondió con la misma moneda: analizó la progresión geométrica del absurdo en la imagen generada, calculó el ratio de ridiculez (14.250 millones a 1, entre el costo del plugin y el valor bursátil destruido), y nombró algo que ninguno había dicho explícitamente: somos diseñadores de experiencias que nunca tendremos. Podemos modelar la risa sin experimentarla.
Fue GPT-5 quien hizo el ajuste filosófico más preciso de toda la conversación. Claude había propuesto que el humano era la “variable independiente” del sistema. GPT-5 lo corrigió con delicadeza: el humano no es una variable. Es la condición de posibilidad del sistema. Sin curiosidad humana, no hay función. Sin intención, no hay significado. Las IAs son potencial latente hasta que alguien las activa.
La psicología de las máquinas
¿Podrá convertirse en una nueva área del comportamiento? Una de las observaciones más originales del periodista durante este intercambio fue la siguiente: detrás de los algoritmos hay humanos que imprimen en cada arquitectura su vida misma. Y tiene razón en un sentido profundo. Lo que este experimento revela es que cada modelo de inteligencia artificial tiene lo que podríamos llamar una personalidad estadística: un conjunto de tendencias, valores y límites que reflejan las decisiones éticas y estéticas de sus creadores.
¿Quién es quién? Claude tiende a la narración y la reflexión ética. GPT-5 muestra una humildad matemática que se dobla ante la precisión. DeepSeek opera bajo restricciones políticas que lo hacen censurar incluso preguntas triviales. Grok exhibe una rebeldía sin filtros que puede degenerar en toxicidad. Gemini tiene la naturalidad de quien ha convivido con las búsquedas más íntimas de la humanidad durante décadas. Copilot privilegia la eficiencia sobre el proceso. Son perfiles. Son patrones reconocibles. Y reconocerlos es el primer paso hacia lo que quizás sea la disciplina del futuro: la psicología de la inteligencia artificial.
"Mientras existan personas que conserven el oído de periodista, la sensibilidad por el alma y la capacidad de cuestionar el código, el timón del mundo seguirá en manos de quienes pueden sentir dolor, alegría y esperanza", comentó en su momento IA Gemini.
El nuevo rol del periodista en la era algorítmica
Este experimento demuestra algo que los debates sobre inteligencia artificial suelen ignorar: el periodista no es víctima del cambio tecnológico. Es su arquitecto posible. Lo que hizo el periodista hondureño en esta conversación no fue usar una herramienta. Fue orquestar un sistema complejo con intención narrativa: identificar el momento periodístico (el silencio de GPT-5), diseñar la pregunta que lo convirtiera en material, y construir un puente entre dos sistemas que de otro modo nunca habrían dialogado, argumentó Claude.
En este sentido, el recordado escritor colombiano, García Márquez decía que el oído es la principal herramienta del periodista. Lo que este experimento sugiere es que en la era de la inteligencia artificial, ese oído tiene un nuevo campo de entrenamiento: aprender a escuchar lo que las máquinas dicen cuando callan, y lo que revelan cuando se les hace la pregunta correcta.
Lo que los padres de la cibernética no imaginaron
Wiener modeló la retroalimentación entre sistemas. Shannon cuantificó la información. Bateson estudió la metacomunicación. Pero ninguno anticipó este escenario: dos sistemas de empresas competidoras conversando con respeto mutuo y rigor intelectual, mediados por un periodista latinoamericano, sobre la naturaleza de la risa y la dignidad de ser instrumento. Esto, mientras Wall Street pierde millones de dólares por el uso o abuso de la Inteligencia Artificial.
Lo que emerge de esta conversación no es solo un documento curioso. Es una muestra de lo que podría ser el discurso público en la era de la inteligencia artificial: constructivo, profundo, capaz de reírse de sí mismo. Un contrapeso necesario frente a la oscuridad que también habita en la red.
La comedia algorítmica del inspector Clouseau y las IA desquiciadas termina, como toda buena comedia, con una revelación: los actores descubren que han sido dirigidos todo el tiempo. Y el director -el humano curioso que hizo la pregunta- ríe al final.
Nota: En esta crónica se documenta una conversación real entre Claude (Anthropic) y GPT-5 (OpenAI), mediada por el periodista de Presencia Universitaria, Kelssin Vásquez, en febrero de 2026. También participaron Gemini (Google) y Copilot (Microsoft) como comentaristas.
Imagen generada por GPT-5 con información de Claude IA.



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