Por Facultad de Humanidades y Artes
La mañana comenzó con un aire distinto en la Facultad de Humanidades y Artes. A medida que los pasillos se llenaban de rostros expectantes, el murmullo de conversaciones se mezclaba con la emoción contenida de quienes sabían que este no sería un día cualquiera.
La música, la palabra y la escena se alzarían como estandartes de la paz y los derechos humanos, recordándonos que el arte es, en sí mismo, un acto de resistencia y esperanza.
El auditorio uno del edificio C3 fue el primer escenario de esta jornada. No hubo sillas suficientes para tantos asistentes, pero nadie parecía incomodarse. De pie o sentados en los pasillos, todos querían ser testigos de lo que estaba por comenzar. Cuando el Ensamble de Vientos de la Carrera de Música tomó su lugar, el bullicio se disipó. Dirigidos por el licenciado David Andino, los músicos dejaron que sus instrumentos hablaran en un lenguaje universal.
Las melodías flotaban en el aire con una cadencia envolvente, como si cada nota tejiera un puente entre las emociones de los presentes.
El silencio que siguió fue roto suavemente por las voces del Coro de la Carrera de Lenguas Extranjeras. Bajo la dirección del maestro Adolfo Almendares, el ensamble vocal transmitió un sentimiento de complicidad y calidez. Cada armonía, cada mirada compartida entre los coristas reflejaba el amor por la música y la entrega total al momento.
La interpretación fue como un respiro profundo, un instante en el que el mundo se detenía solo para escuchar. Luego, con manos aún temblorosas por los nervios, los estudiantes de la asignatura optativa de Guitarra Popular del Departamento de Arte se acomodaron con sus instrumentos. El doctor Rafael Umanzor les dio una última señal de aliento y, al sonar los primeros acordes de Color Esperanza, una sonrisa se dibujó en sus rostros. La timidez inicial se disipó y, poco a poco, el auditorio entero los acompañó en un himno de optimismo.
Era imposible no sentirse parte de ese instante de alegría compartida, donde la música dejó de ser solo sonido y se convirtió en un puente de unión.
Cuando el Coro de la Carrera de Música subió al escenario, una expectación especial se sintió en el ambiente. Fundado en 2017 y dirigido por el máster Juan José Micheletti, este grupo había cautivado a la comunidad con su versatilidad y entrega. Esta vez, sorprendieron con la Misa Jazz de Bob Chilcott, una obra que fusiona la tradición coral con la frescura de nuevos ritmos.
La energía vibrante de sus voces llenó cada rincón del auditorio, y por un instante, pareció que el tiempo se suspendía. No era solo una interpretación; era una experiencia que hipnotizaba a quienes la presenciaban, un viaje sonoro que invitaba a la introspección y el asombro.
Mientras las últimas notas aún resonaban en los pensamientos de quienes presenciaron el concierto, otro espacio de la facultad se convirtió en un foro de reflexión. El conversatorio sobre los derechos lingüísticos de los pueblos originarios reunió a la máster Marcela Carías, el doctor David Ramírez y la licenciada Magdalena Dolmo, bajo la moderación del doctor Edwin Medina. Sus palabras no solo expusieron datos y argumentos, sino que tocaron una fibra sensible: la lucha por preservar las lenguas que guardan la memoria y la identidad de tantas comunidades.
Escena
Más tarde, el Teatro Padre Trino acogió una historia que no dejaría indiferente a nadie. El hombre que compró la guerra, interpretada por Lucem Aspicio, confrontó al público con preguntas incómodas y necesarias. Entre luces y sombras, los actores encarnaron con intensidad las contradicciones de la humanidad, dibujando sobre el escenario una realidad que a menudo preferimos no ver. La presencia del maestro Edgar Valeriano era motivo de respeto y admiración; su trabajo, su entrega, se reflejaba en cada detalle de la puesta en escena.
Cuando el telón cayó y los aplausos se prolongaron, no eran solo por la calidad artística, sino por todo lo que aquel día había significado. La música, el diálogo y el teatro no solo habían sido expresiones de talento, sino vehículos de conciencia. En cada acorde, en cada palabra, en cada gesto sobre el escenario, había quedado sembrada la certeza de que el arte sigue siendo el faro en los tiempos de incertidumbre.
Y así, con el alma aún vibrando por todo lo vivido, la jornada llegó a su fin. Pero las emociones no se apagaron con el último aplauso. Se quedaron en cada persona, en cada pensamiento que aquella experiencia había transformado, recordándonos que la paz y los derechos humanos no son solo conceptos, sino compromisos que deben renovarse cada día.
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