La paradoja en Honduras: Inflación se desacelera a 5.83 %, pero el bolsillo no da tregua

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Periodista: Elin Josué Rodríguez 

La frialdad de las estadísticas oficiales y la realidad diaria de las familias hondureñas transitan por caminos distintos; a junio de 2026, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) del Banco Central de Honduras (BCH) reportó que la inflación interanual se desaceleró al 5.83%, una reducción respecto al 6.09 % registrado en mayo, sin embargo, detrás de este aparente alivio macroeconómico, los hondureños arrastran seis meses de severa pérdida en su poder adquisitivo, asfixiados principalmente por el costo de los alimentos, la energía y los servicios básicos.

Para Juan Umanzor, coordinador del Observatorio Universitario en Economía y Emprendimiento (OEE), adscrito al Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales (IIES), de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), el panorama sigue siendo de alta vulnerabilidad.

El desplazamiento de las prioridades de gasto en los hogares hacia la mera subsistencia y la alarmante fragilidad del bienestar familiar evidencian que el dinero rinde cada vez menos, enfatiza el experto.

Aunque el BCH destacó que la inflación mensual de junio fue de 0.19 %, la más baja para ese mes desde 2020, el incremento acumulado en el primer semestre alcanzó el 3.80 %, reflejando que la desaceleración del indicador no ha significado una reducción en los precios, sino únicamente que estos continúan aumentando a un ritmo menor. 

El mayor impacto continúa concentrándose en los bienes y servicios esenciales, la división de Alimentos y Bebidas no Alcohólicas registró un incremento mensual de 0.61 %, impulsado por aumentos significativos en productos de consumo cotidiano como la papa, cuyo precio subió 17.05 %, y el aguacate, con un incremento de 7.29 %. En conjunto, los alimentos aportaron 1.26 puntos porcentuales a la inflación interanual.

A esta presión se suma el costo de la energía, que contribuyó con 2.02 puntos porcentuales a la inflación anual debido al aumento de las tarifas eléctricas y al efecto que las tensiones geopolíticas internacionales han tenido sobre los combustibles. Asimismo, los servicios aportaron 1.64 puntos porcentuales, influenciados por el encarecimiento de los alquileres de vivienda y el aumento en los pasajes de transporte interurbano.

Las diferencias territoriales también evidencian un impacto desigual, la región sur del país presentó la inflación interanual más elevada con 6.73 %, seguida por la región norte con 6.40 %, lo que refleja una mayor presión económica sobre zonas históricamente más vulnerables.

Deterioro de calidad de vida

Desde el OEE-UNAH, los especialistas sostienen que interpretar únicamente la disminución del indicador inflacionario puede conducir a conclusiones equivocadas. De acuerdo con sus investigaciones sobre la economía de los hogares hondureños, mantener la inflación por encima del rango de referencia de mediano plazo ha provocado una pérdida sostenida del poder adquisitivo y una reconfiguración de los patrones de consumo familiar.

Señalan que, cuando la mayoría de los bienes de la canasta básica continúan incrementando su precio, las familias se ven obligadas a priorizar exclusivamente la alimentación, reduciendo gastos en salud, educación, recreación e incluso ahorro, una situación que deteriora progresivamente su calidad de vida.

También advierten que numerosos hogares dependen cada vez más de factores externos, como las remesas familiares, para sostener su consumo cotidiano, esta situación incrementa la vulnerabilidad de la economía doméstica frente a eventuales crisis internacionales, fenómenos climáticos o nuevos aumentos en los precios de bienes importados.

Los datos del propio BCH respaldan esta preocupación, durante junio el 62.5 % de los 405 bienes y servicios que conforman la canasta utilizada para medir el IPC registraron aumentos en sus precios, lo que evidencia que la presión inflacionaria continúa siendo generalizada, pese a la moderación del indicador agregado.

El desafío ya no consiste únicamente en contener la inflación, sino en recuperar la capacidad de compra de los hogares hondureños mediante políticas que fortalezcan los ingresos, mejoren la productividad y reduzcan la vulnerabilidad económica de las familias, especialmente aquellas con menores recursos, solo así, concluye Umanzor, la mejora en los indicadores macroeconómicos podrá traducirse en un alivio real para la población.