La Carrera de Música de la UNAH: 38 años de historia, legado y proyección social

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Por: MSc. Maricela Alvarado

El 30 de junio de 2026, la Carrera de Música de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) cumple 38 años desde la aprobación de su plan de estudios. Más que una fecha en el calendario académico, es una ocasión para detenerse y reconocer lo que significa mantener vivo, durante casi cuatro décadas, un espacio dedicado a la formación artística dentro de una universidad pública.

En este aniversario, la comunidad universitaria rinde homenaje al Maestro Donaldo Rafael Umanzor Flores. Porque las instituciones no se sostienen solas: detrás de cada etapa de continuidad hay personas que tomaron decisiones cuando el panorama era incierto y pusieron su vocación al servicio de algo más grande que ellas mismas, y el maestro Umanzor es una de esas personas.

La historia no comenzó en 1988. Años antes, en 1977, el Consejo Universitario tomó una decisión que, vista con perspectiva, resultó visionaria: crear el Departamento de Arte dentro de la UNAH. No como un espacio de actividades complementarias, sino como un campo legítimo de conocimiento, con la misma seriedad académica que exige cualquier otra disciplina. Las artes, sin decirlo explícitamente, también forman pensamiento crítico, también investigan, también construyen cultura.

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Estudiantes del Curso Propedéutico de la Carrera de Música, aproximadamente en 1989–1990, en el antiguo local del Departamento de Arte, Calle Real de Comayagüela.

El Departamento se integró al Centro Universitario de Estudios Generales y desde ahí comenzó a levantar algo duradero. La Orquesta de Cámara reunió músicos de distintas regiones del país, en su mayoría procedentes de la Escuela de Música Victoriano López, y fue dirigida por el maestro Wolfgang Lappenberg. Se convirtió en uno de los ejes de la vida artística universitaria, un espacio donde la formación y la práctica interpretativa ocurrían al mismo tiempo, en el mismo escenario. Intérpretes y docentes de amplia trayectoria fueron dando forma, poco a poco, a una comunidad musical que crecía dentro de la universidad y empezaba a reclamar un lugar más sólido.

En 1979 llegó el Bachillerato en Arte, con orientaciones en Danza, Teatro y Música, un paso concreto hacia la profesionalización de las disciplinas artísticas. Fue un avance significativo, pero el crecimiento sostenido del área musical fue revelando algo que ya no podía ignorarse: los músicos en formación, los intérpretes, los futuros docentes necesitaban algo más que un bachillerato. Hacía falta una carrera propia, una formación superior especializada, construida a la medida de quienes querían dedicar su vida a la música.

El 30 de junio de 1988, el Consejo Universitario firmó lo que muchos habían esperado durante años: la aprobación de la Licenciatura en Música y su Plan Propedéutico. No era un trámite administrativo más, era la universidad diciéndole al país que la música merecía profesionales formados con rigor, con profundidad, con una visión que integrara la interpretación, la teoría, la pedagogía y la investigación en un solo camino académico.

La nueva carrera nació con una misión clara y con vínculos concretos: formar músicos capaces de nutrir instituciones como la Orquesta Sinfónica Nacional de Honduras, y al mismo tiempo construir un referente de educación artística superior que respondiera a las necesidades culturales reales del país. Desde sus primeros pasos se consolidó como un espacio serio, exigente, conectado con las demandas de la práctica musical contemporánea.

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Estudiantes del Curso Propedéutico de la Carrera de Música, aproximadamente en 1989–1990, en el antiguo local del Departamento de Arte, Calle Real de Comayagüela.

Los años iniciales fueron años de construcción. Se fueron articulando los procesos de formación instrumental, de teoría y de historia musical, de investigación y de práctica artística, y con ellos fue tomando forma una comunidad académica unida por el compromiso con la enseñanza. La Carrera de Música encontró su identidad dentro de la universidad y, al hacerlo, ratificó algo que el Departamento de Arte había intuido desde 1977: que las artes no son un adorno de la educación superior, sino parte de su alma.

Pero la vida de toda institución tiene sus horas oscuras, y la Carrera de Música no fue la excepción. Durante los años noventa, la carrera entró en un período de recesión que tenía mucho de geográfico: funcionaba en la Calle Real de Comayagüela, lejos del resto de la universidad, y los estudiantes se veían obligados a desplazarse constantemente hacia Ciudad Universitaria para cursar sus otras materias. Ese vaivén cotidiano fue desgastando la matrícula, alejando a quienes no podían sostener ese esfuerzo, y la carrera fue perdiendo fuerza hasta quedar casi en silencio.

El Departamento de Arte, sin embargo, no se rindió. Sostuvo el quehacer académico con lo que tenía, mantuvo encendida la llama y siguió siendo el refugio institucional de una comunidad que se negaba a desaparecer. Esa resistencia silenciosa, sin aplausos ni reconocimientos, fue lo que impidió que el proyecto se extinguiera antes de que alguien pudiera rescatarlo.

Luego vino el Mitch. El huracán de 1998 no solo destruyó las instalaciones del Departamento de Arte en la Calle Real Comayagüela, sino que forzó un traslado que no tenía nada de ordenado. No había espacios esperando en Ciudad Universitaria, no había condiciones preparadas. Hubo que improvisar, gestionar, tocar puertas, convencer autoridades, encontrar un rincón donde pudiera seguir existiendo algo que se pareciera a una clase de música. Fue una reubicación hecha a fuerza de insistencia y de estrategia, en la que cada espacio ganado era una pequeña victoria contra el olvido institucional.

En ese escenario de precariedad construida con voluntad, llega un momento en que alguien tiene que ver todo eso y decidir que vale la pena intentarlo de nuevo. Ese momento llegó, y con él llegó otra dimensión del maestro Umanzor: la del gestor, la del hombre capaz de ver más allá de la partitura y asumir la responsabilidad de mantener en pie lo que otros habían construido. Y para entender lo que él representó en ese momento, conviene saber de dónde venía. Su padre, Donaldo Umanzor, músico reconocido, había conducido junto a su esposa María Amparo Flores el programa radial Concierto Sabatino en su Hogar, un espacio cultural que durante más de seis décadas llevó música en vivo a los hogares hondureños.

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El maestro Silvio Henríquez dirige el coro del Departamento de Arte de la UNAH, aproximadamente en 1984.

La vocación en esa familia no era una elección: era casi una herencia

El programa tenía algo de magia cotidiana. Cualquier persona podía marcar el número, pedir una pieza, y al cabo de unos momentos escucharla brotar, viva y sin artificios, de los dedos del maestro Donaldo Umanzor sobre las cuerdas de su guitarra. Mientras él tocaba, María Amparo Flores conducía el espacio con esa destreza particular de quien sabe que la música necesita palabras que la presenten, que la acerquen, que la hagan entrar en los hogares no solo como sonido, sino como experiencia. Con el tiempo, aquel programa se volvió un referente, una pequeña institución sonora en la memoria radiofónica del país. Y en ese ambiente, donde la música no se guardaba, sino que se regalaba, donde enseñar y divulgar eran parte del mismo gesto, creció el maestro Umanzor.

Nació en Tegucigalpa el 23 de mayo de 1959, y desde temprano encontró en la guitarra algo más que un instrumento: encontró un idioma. Se formó como intérprete, como docente, como académico, y fue forjando una trayectoria en la que tocar y enseñar nunca fueron actividades separadas, sino dos caras de una misma vocación. Esa integración entre el arte y la pedagogía le daría con los años un perfil singular dentro de la formación musical superior en Honduras. Acumuló reconocimientos, construyó vínculos con la comunidad musical del país y fue ganándose, con el tiempo y con el trabajo, la autoridad que solo otorga la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

En 2001, con la Carrera de Música al borde de un silencio definitivo, fue su liderazgo el que impulsó la reactivación de la matrícula. No actuó solo: lo acompañaron docentes, personal administrativo y autoridades universitarias que creyeron que valía la pena preservar ese espacio académico y artístico. Pero sí actuó en el momento justo, con la claridad que exigen las crisis. Aquel esfuerzo colectivo, vertebrado por su visión y su decisión, evitó que la formación artística superior se interrumpiera en la UNAH. Sostuvo una carrera que, de no haber tenido quien la defendiera, habría simplemente dejado de existir.

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El maestro Rafael Umanzor interpretando en el Concierto de Maestros, en conmemoración del Día del Músico (22 de noviembre de 2024).

La reactivación no solo significó la reapertura de procesos académicos, sino la recuperación de la confianza institucional en un proyecto educativo que había sido puesto a prueba por circunstancias adversas. Volver a abrir las puertas era también una declaración: la carrera existía, resistía y tenía futuro. Gracias a ese esfuerzo, la Carrera de Música retomó el camino con una convicción renovada y siguió formando músicos, docentes e investigadores que hoy son parte del tejido cultural del país.

El legado del maestro Umanzor también vive en cada aula, en cada estudiante que encontró en sus clases no solo técnica, sino orientación; no solo notas, sino criterio. Su trabajo ha fortalecido la enseñanza de la guitarra, renovado las formas de acercarse a la pedagogía musical y consolidado una manera de entender la docencia como acto de entrega. Es el tipo de huella que no aparece en los documentos oficiales, pero que se siente en la manera en que una generación entiende y vive la música.

Como compositor, el maestro Umanzor dejó obras que hablan de esa misma profundidad: Pensativo, escrita en 1987, y Pasacaglia, compuesta en 1992, han recorrido los repertorios de múltiples guitarristas del país. En ellas conviven dos maneras de entender el arte: una íntima y contemplativa, y otra estructurada y reflexiva. Juntas trazan el mapa de un pensamiento musical que nunca se conformó con la superficie.

Su aporte se extiende también más allá de las aulas. A través de conciertos, encuentros académicos y espacios de formación abiertos a la comunidad, la Carrera de Música ha tendido puentes con la sociedad hondureña, llevando el conocimiento artístico a quienes quizás nunca habrían tenido otra puerta de entrada. Porque la música que se enseña dentro de una universidad no debería quedarse entre sus muros, y el maestro Umanzor siempre lo supo.

Actualmente, la Carrera de Música continúa su proyección mediante procesos de actualización curricular, fortalecimiento académico, internacionalización e innovación educativa. Su trabajo en docencia, investigación y vinculación evidencia la vigencia de una propuesta formativa que ha sabido adaptarse a los cambios culturales y tecnológicos sin perder su esencia humanística.

Además, la Carrera ha consolidado un perfil de egreso diverso y de alto impacto. La mayoría de sus egresados ha continuado estudios de posgrado en el extranjero, ampliando su formación académica y profesional en distintas áreas de la música y las artes. Otros se han integrado al ámbito laboral como docentes, gestores culturales, empresarios del sector artístico y destacados ejecutantes; algunos, incluso, han obtenido reconocimiento internacional como investigadores. Estos logros reflejan no solo el talento individual, sino también la solidez de una formación que, pese a las dificultades enfrentadas, mantuvo altos estándares y ha contribuido activamente al desarrollo cultural de Honduras desde múltiples espacios.

La carrera mantiene su compromiso con la formación de profesionales capaces de responder a las transformaciones culturales y tecnológicas, sin perder su base humanística ni su vocación artística. A treinta y ocho años de la aprobación de su plan de estudios, la Carrera de Música ratifica su papel como uno de los principales espacios de formación artística superior en Honduras. Su historia refleja la capacidad de la universidad pública para sostener proyectos académicos de largo alcance y responder a las necesidades culturales de la sociedad.

Este aniversario permite recordar el esfuerzo colectivo que ha sostenido a esta unidad académica, reconocer a quienes la fortalecieron y mirar con esperanza su futuro.

En ese recorrido, rendir homenaje al maestro Donaldo Rafael Umanzor Flores adquiere un significado especial, pues su vida representa la resiliencia, el amor por la enseñanza y la permanencia del arte como parte esencial de la universidad.

Nota final de fuentes: este artículo se elaboró a partir de documentos históricos del Archivo Central de la UNAH, registros del CUEG, del Departamento de Arte y de la Carrera de Música de la Facultad de Humanidades y Artes, complementados con testimonios de docentes y personas vinculadas a los procesos de creación, reconstrucción y desarrollo de esta unidad académica.