
Periodista: Yuri Vargas
El día que el director de un reconocido medio de comunicación hondureño pidió a sicarios y asesinos esperar a que terminara el noticiero estelar para cometer sus crímenes, no solo se cruzó una línea ética, sino que se evidenció una realidad más profunda: en Honduras, la violencia no solo se vive, también se consume, se programa y, cada vez más, se normaliza.
Según cifras del Observatorio Nacional de la Violencia (ONV-UNAH), entre 2005 y 2024 el país registró 93,078 muertes violentas, el 2025 cerró con una tasa preliminar de 23.4 homicidios por cada cien mil habitantes (pccmh) y, en lo que va de 2026, ya se contabilizan al menos 500 nuevos hechos, un promedio de seis diarios.
Aunque los números son altos y detrás de cada víctima hay una familia que sufre la pérdida, para gran parte de la sociedad cada hecho violento se vuelve solo un titular más en la sección de sucesos, una alerta de “última hora” en la pantalla que ven mientras disfrutan del café con pan, del almuerzo o de la cena, o la imagen sangrienta en la portada que motiva la compra del periódico, pues por la frecuencia en la que ocurren, poco a poco se ha aprendido a convivir con la violencia, a tolerarla y, en muchos casos, a volverse indiferente ante el dolor ajeno, hasta que ese dolor se convierte en propio.
Para Migdonia Ayestas, coordinadora de dicho ente adscrito a la Facultad de Ciencias Sociales (FCCSS), de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), la normalización de la violencia se debe en parte a la exposición constante a hechos violentos que no solo evidencia el peligro y la vulnerabilidad de la población hondureña y la extranjera que reside o visita el país, sino que también transforma la percepción social, al erosionar la sensibilidad social y transformar lo inaceptable en parte de la rutina.
“La violencia y la criminalidad representan una realidad alarmante en el país, donde los problemas han dejado de ser un evento extraordinario que nos asombra y asusta, para convertirse en parte del diario vivir. Esta normalización se alimenta de la sobreexposición a noticias crudas en los medios de comunicación, lo cual hace que como seres humanos establezcamos un mecanismo de defensa”, afirmó.
“Para protegernos terminamos filtrando esa información sin verla como la realidad que es, y eso crea una desconexión con la persona que sufre. La forma en que procesamos esa información lo que hace es una erosión emocional y cultural, pero esto no ocurre de la noche a la mañana, sino que inicia desde la niñez; poco a poco se va a anulando nuestra capacidad de asombro y de reacción ante el peligro y solo nos preocupamos cuando somos los afectados”, añadió.
La especialista indicó que a lo anterior se suma el crecimiento en entornos de hostilidad donde las diferencias se resuelven con violencia, comportamiento que se transmite y repite de generación en generación, y los altos niveles de impunidad producto de la poca capacidad del sistema de seguridad y justicia para identificar y judicializar a los responsables.
“Lo que nos va a ayudar es la transformación de la realidad y esa es la función del OV, generar evidencia científica para la toma de decisiones personales e institucionales”, destacó.
Violencia, medios y cultura de consumo
Desde el punto de vista sociológico, el fenómeno también encuentra explicación, atribuyéndolo, entre otras causas, al papel de los medios de comunicación como espacios donde la violencia no solo se informa, sino que también se amplifica y se transforma en contenido de consumo.
“El papel de los medios es clave, porque no solo transmiten hechos violentos, también contribuyen a generar emociones en la población, como el miedo. Sin embargo, más allá del miedo, el problema es que esa violencia termina siendo aceptada como algo normal”, expuso Marco Tinoco, jefe del Departamento de Sociología de la UNAH, quien consideró que esta dinámica está ligada a formatos de entretenimiento donde la violencia y la morbosidad son elementos centrales.
“Muchos programas viven de la violencia y de la morbosidad. Incluso los llamados reality shows, que presentan una especie de realidad simulada, fomentan actitudes de indiferencia social; el espectador se distancia de lo que ve y piensa que no forma parte de esa realidad, pero en ese proceso también se va insensibilizando”, indicó.
Al igual que Ayestas, Tinoco advirtió que este consumo constante puede derivar en una distorsión preocupante: la normalización del sufrimiento ajeno e incluso la criminalización de las víctimas.
“Se termina viendo la violencia como espectáculo, como entretenimiento, y en ese contexto, muchas veces se llega a responsabilizar a la víctima de lo que le ocurre, lo cual refleja un deterioro en la forma en que la sociedad comprende estos hechos”, sostuvo.
El sociólogo resaltó que la violencia, entendida como todo acto de imposición que va en contra de la voluntad de las personas, no se limita a la que aparece en los noticieros, sino que también se manifiesta en escenarios cotidianos, como el tráfico o los espacios públicos. En ese contexto hizo un llamado a reconocer estas expresiones menos visibles, especialmente en períodos como la Semana Santa, donde aumentan factores de riesgo.
“Es necesario impulsar campañas de convivencia ciudadana y de prevención, especialmente en contextos donde factores como el consumo de alcohol y drogas pueden detonar hechos violentos. Como sociedad debemos aspirar a una convivencia pacífica, porque la violencia termina afectándonos a todos”, puntualizó.
Adaptarse para sobrevivir: la respuesta del cerebro
Desde la Psicología, el psicólogo Ernesto Gálvez explicó que la normalización de la violencia está directamente relacionada con los mecanismos de defensa del cerebro humano, diseñado para proteger la vida, no obstante, ante una exposición prolongada, ese mismo sistema comienza a ajustarse.
“El cerebro está diseñado para proteger nuestra vida. Cuando nos exponemos constantemente a situaciones de peligro, dolor o sufrimiento, se activan sistemas de alerta porque, a nivel biológico, interpreta que estamos en riesgo”, explicó.
“Lo que hace el cerebro es regular esas emociones para no colapsar. Reduce los niveles de alerta, bloquea ciertos estímulos y estabiliza las emociones para evitar ansiedad, miedo o sufrimiento constante. Es una forma de afrontamiento”, amplió.
Gálvez señaló que este proceso está vinculado a respuestas como “huir o pelear”, que permiten enfrentar situaciones amenazantes, pero que en contextos prolongados de exposición pueden derivar en evasión emocional.
“Ver violencia genera ansiedad, incertidumbre y miedo, porque la persona piensa que puede ser la siguiente víctima o que alguien cercano puede estar en riesgo. Entonces el cerebro, para protegerse, comienza a filtrar esa información”, señaló.
A criterio del especialista, esta adaptación progresiva es lo que conduce a la insensibilización social, cuyo costo es la pérdida de empatía y el riesgo de deshumanización.
“De alguna manera nos vamos acostumbrando; bajamos la intensidad de nuestras emociones para poder seguir funcionando en el día a día, pero eso tiene un costo”, advirtió.
“El problema de insensibilizarnos como sociedad es que empezamos a deshumanizarnos. Cada vez hay menos empatía, menos solidaridad y menos conexión con el dolor ajeno. Y en una sociedad cada vez más digitalizada, esto se profundiza aún más”, concluyó.
“Cuando aprendemos a autoconocernos, a tener conciencia de que lo que hacemos no es correcto, a valorar nuestra vida, a buscar cambios positivos, a tener más empatía por los demás, vamos a dejar de normalizar la violencia”, acotó su colega Eva Sierra.



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