Del cassette al streaming: el nuevo IPC revela cómo cambiaron los hábitos de consumo en Honduras durante 30 años

 

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Por: Kelssin Vásquez 

Durante casi tres décadas, el Banco Central de Honduras (BCH) midió la inflación con una fotografía tomada en 1999, pocos meses después que pasó por el territorio nacional el devastador huracán Mitch. En esa imagen económica aparecían radiograbadoras de casete, mentolina, periódicos impresos, anillos de oro, pastelitos de perro y yuca con chicharrón, entre otros bienes y servicios. No aparecían suscripciones digitales, transferencias bancarias, posgrados ni arroz chino. Esa fotografía acaba de cambiar, porque a partir de enero de 2026, el BCH puso en vigencia una nueva metodología para calcular el Índice de Precios al Consumidor (IPC), la herramienta que mide la inflación y que sirve de base para decisiones clave como el salario mínimo, tasas de interés y políticas monetarias, según informó Sergio Zepeda, director del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Autónoma de Honduras (UNAH). 

La actualización no es menor: la canasta pasó de 282 a 405 bienes y servicios y dejó por fuera a unos 70 productos que los hondureños han dejado de consumir con el tiempo. 

 

Una canasta congelada por 30 años

El último año base era 1999. Desde entonces, el país cambió profundamente. “La economía que medíamos hace casi 30 años ya no es la economía que tenemos hoy”, explicó el director Zepeda. “Había bienes que ya no se consumen y otros que sí se consumen masivamente, pero que no estaban contemplados”.

Durante años, el IPC siguió midiendo productos cuya relevancia en el gasto familiar había disminuido, mientras ignoraba otros que se volvieron esenciales.

Ese desfase no necesariamente hacía incorrecta la inflación, pero sí podía volverla menos representativa.

 

La nueva radiografía 

El rediseño del IPC se basa en la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2023-2024, aplicada a 8,746 hogares en los 18 departamentos del país, incluyendo Islas de la Bahía. Es más del doble de la cobertura que se tuvo en 1998-1999.

“Ahora tenemos una muestra más amplia, más diversa y con mayor cobertura territorial”, señaló Zepeda.

La nueva canasta no solo aumenta en número -405 productos y más de 700 variedades- sino que también amplía la cobertura geográfica: de ocho ciudades se pasa a 34 ciudades distribuidas en ocho regiones del país.

Esto permite capturar diferencias de precios entre territorios. “No es lo mismo comprar un tomate en el Distrito Central que en Santa Rosa de Copán. El mismo producto puede tener precios distintos por costos de transporte o intermediación”, explicó el economista.

 

Lo que entra y lo que sale

El cambio más visible es simbólico. Salen productos asociados a otra época:

Radiograbadoras de casete

Periódicos impresos

Mentolina

Yuca con chicharrón

Pastelitos de perro

Consolas Nintendo tradicionales

Computadoras de escritorio completas

 

Entran productos que definen la vida cotidiana actual:

Arroz chino

Baleadas

Burritas

Pollo frito

Suscripciones a plataformas digitales

Compra de teléfonos celulares

Telefonía móvil

Comisiones por transferencias bancarias

Servicios financieros y seguros

Matrículas y mensualidades de posgrado

Consultas médicas especializadas

Juegos de azar y loterías electrónicas

“Si el arroz chino forma parte del consumo frecuente de los hogares, tiene que estar en la medición”, afirma Zepeda. “El IPC debe medir lo que la gente realmente compra hoy”.

La inclusión de comisiones bancarias refleja un cambio silencioso, pero profundo: el paso del efectivo a la digitalización financiera.

“Las transferencias electrónicas ya forman parte del gasto recurrente. Si eso afecta el bolsillo, debe medirse”, sostiene.

 

Más que comida: cambios estructurales

Aunque los alimentos populares han captado la atención pública, el cambio va más allá. La inclusión de matrícula y mensualidades de posgrado refleja la expansión de la educación superior. La incorporación de servicios médicos especializados evidencia un cambio en la estructura del gasto en salud. La telefonía móvil confirma la centralidad de la conectividad.

El nuevo IPC es, en esencia, una radiografía de cómo vive hoy el hogar hondureño promedio.

 

¿Subirán los precios?

Una de las preocupaciones ciudadanas es si la actualización implicará aumentos.

“Esto no significa que los precios suban automáticamente”, aclaró Zepeda. “Es un ajuste en la forma de medirlos, no en los precios mismos”.

Lo que cambia es la ponderación del gasto: cuánto pesa cada producto dentro del presupuesto promedio de los hogares.

El IPC influye directamente en: negociaciones del salario mínimo, cálculo de tasas de interés reales, ajustes contractuales y decisiones de política monetaria.

“La tasa de interés real depende de la inflación. Si la inflación no está bien medida, las decisiones económicas tampoco lo estarán”, advierte.

 

Una medición más moderna y alineada a estándares internacionales

La actualización adopta manuales metodológicos más recientes y fórmulas de cálculo alineadas con estándares internacionales.

Muchos países actualizan su canasta cada cinco o diez años. Honduras tardó casi 30. “Lo ideal es que no volvamos a esperar tanto tiempo para actualizarla”, afirma Zepeda.

El país que revela el nuevo IPC

Más allá de lo técnico, el nuevo IPC cuenta una historia. Cuenta que Honduras es hoy más urbano, más digital y más conectado. Que los hábitos alimenticios se diversificaron. Que los servicios financieros son parte cotidiana del gasto. Que la educación de posgrado gana espacio en los presupuestos familiares.

Y también cuenta que medir la economía no es solo sumar precios: es entender cómo cambian las prioridades, aspiraciones y formas de vida.

La inflación es un número. Pero detrás de ese número hay decisiones diarias: qué se come, qué se paga, qué se estudia, cómo se vive.

Treinta años después, Honduras ya no es el mismo país. Y ahora, al menos en términos estadísticos, eso también quedó registrado.