
Por: Esdras Díaz Madrid
La crisis hídrica que enfrenta Tegucigalpa y otras zonas de Honduras alcanza una magnitud que no se observaba desde hace más de cuatro décadas, de acuerdo con los registros de la Estación Meteorológica Experimental Nabil Kawas, de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), que cuenta con datos de precipitación desde 1979. Así lo indicó Joaquín Gómez, jefe de la Unidad de Meteorología, quien explicó que el comportamiento de las lluvias durante 2026 ha sido particularmente crítico y que el déficit acumulado se acerca a los valores históricos más bajos registrados en las últimas cuatro décadas.
Según los datos de la estación, durante mayo se registró un déficit de precipitación cercano al 50 %, mientras que en junio superó el 40 %. Julio, que normalmente presenta la llamada canícula, también tuvo un comportamiento seco. Pero agosto marcó uno de los episodios más extremos, pues frente a un promedio histórico de 135 milímetros para ese mes, “en la estación universitaria apenas se registraron 4.4 milímetros”, dijo Gómez.
En septiembre, el panorama tampoco ha permitido recuperar el déficit, pues el promedio histórico del mes es de unos 160 milímetros y, hasta el momento de esta entrevista con el académico, la estación acumulaba entre 100 y 104 milímetros. Por otro lado, para octubre, la proyección elaborada por esta unidad apunta nuevamente a precipitaciones por debajo del promedio histórico, que ronda los 130 milímetros.
Los datos registrados muestran que el déficit acumulado supera los 300 milímetros durante la temporada lluviosa, cifras similares al histórico más bajo de precipitación, que corresponde a 1982. Ese año se contabilizaron aproximadamente 504 milímetros. Gómez señaló que en el presente año apenas se superan los 450 milímetros, por lo que el acumulado podría ubicarse en un rango de entre 500 y 600 milímetros, muy por debajo del promedio histórico, que es de 890 milímetros.
La comparación con 1982 coloca a la situación actual entre los episodios de menor precipitación registrados en esta serie de casi medio siglo. Gómez explicó que aquel año también estuvo asociado con un fenómeno de El Niño, aunque de menor intensidad, de acuerdo con los registros históricos de la estación.
“Los déficits más marcados de precipitación en esta zona están relacionados con este fenómeno climático”, argumentó el académico.
Lluvias actuales
El impacto de las lluvias recientes sobre los embalses, sin embargo, depende no solamente de cuánto llueva, sino también de dónde se produzcan las precipitaciones. Para que los ríos recuperen caudal y las represas puedan acumular agua, las lluvias deben concentrarse en los afluentes que alimentan esos sistemas. En particular, las zonas montañosas al sur y suroeste de Tegucigalpa han presentado proyecciones de precipitaciones significativas.
Pero, después de un período tan seco, “las primeras lluvias no necesariamente se convierten de inmediato en agua para los embalses; el suelo absorbe buena parte de la precipitación y se genera poca escorrentía”, dijo Gómez.
En ese sentido, para producir crecidas importantes en los afluentes se requieren lluvias de considerable intensidad. Gómez explicó que, para compensar el déficit existente, se necesitaría una cantidad de precipitación superior a los 300 milímetros en la zona que alimenta los embalses, algo que no puede lograrse simplemente con lluvias aisladas.
Por ello, el incremento observado en los niveles de los embalses sigue siendo limitado. Gómez señaló que las lluvias registradas hasta ahora han sido insuficientes en relación con el déficit acumulado y advirtió que, aunque durante octubre podrían presentarse precipitaciones significativas debido a la transición entre los fenómenos de latitudes medias y los del Caribe, existen pocas probabilidades de que se produzcan eventos capaces de generar una recuperación importante.
“Para revertir de manera significativa la situación tendría que presentarse un fenómeno meteorológico extraordinario”, señalan los expertos.
Entre las posibilidades mencionadas por el especialista están un sistema ciclónico o una baja presión que se ubique en una posición favorable y genere abundante humedad, nubosidad y precipitaciones. También podría producirse una interacción entre fenómenos tropicales y las masas de aire frío que comienzan a desplazarse durante octubre; sin embargo, Gómez enfatizó que “no existe seguridad de que esto ocurra”.
El escenario previsto para la temporada seca, por tanto, continúa siendo complicado. La proyección de la Unidad de Meteorología apunta a que los embalses podrían entrar a ese período con niveles considerablemente bajos. Ante este contexto, el especialista anticipó que el país tendrá que afrontar una temporada seca fuerte y con un déficit marcado de agua en las represas.
Decisiones de las autoridades
Para el académico, la crisis también pone sobre la mesa la preparación de las autoridades ante un fenómeno que ya podía ser anticipado. Gómez lamentó que algunas autoridades hayan concentrado su atención en determinar si El Niño sería débil, moderado o fuerte, cuando incluso eventos de menor intensidad pueden alterar los patrones de precipitación, dijo.
Asimismo, dijo que la situación actual, además, ocurre en un territorio con condiciones distintas a las de hace cuatro décadas. En ese sentido, explicó que en 1982 existía una población menor y una mayor cobertura vegetal, por lo que los efectos de un déficit de precipitación tuvieron impactos menores. No obstante, la realidad de hoy indica que una reducción de la vegetación, la expansión de áreas con menor cobertura forestal y el crecimiento de la población son factores que incrementan las consecuencias de una temporada lluviosa deficitaria.



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