
Por: Esdras Díaz Madrid
El avance acelerado de las nuevas tecnologías y, en particular, de la inteligencia artificial (IA), está marcando un punto de inflexión en la forma en que las nuevas generaciones aprenden, se relacionan y desarrollan sus habilidades cognitivas. Especialistas coinciden en que, si bien estas herramientas representan grandes beneficios, también plantean riesgos importantes en términos formativos, emocionales y sociales.
Así lo señala José Alfonso Jiménez, doctor en pedagogía, psicólogo e investigador, quien subraya que la inteligencia artificial no es un fenómeno completamente nuevo; sin embargo en la actualidad, con su auge, "corremos con ella el riesgo de volvernos muy eficientes, pero existencialmente vacíos”, explica el experto mexicano que es también docente del Doctorado en Psicología en la UNAH y ha colaborado de manera cercana en la elaboración de la Prueba Hondureña Universitaria de Medición Académica (PHUMA).
“Desde hace muchos años hemos utilizado IA, por ejemplo, en buscadores como Google o plataformas como YouTube, que emplean algoritmos para identificar nuestras preferencias, su intención siempre ha sido simplificar la vida, y en el ámbito académico tiene gran utilidad”, continúa diciendo Jiménez.
Sin embargo, señala que el uso actual de herramientas de IA generativa, como los sistemas que redactan textos o resuelven problemas, plantea nuevos desafíos. “El riesgo también es una especie de atrofia cognitiva, es decir, disminuye el esfuerzo reflexivo, la creatividad y la profundidad en el aprendizaje”, señala Jiménez.
El especialista enfatiza que esto no significa que las nuevas generaciones sean menos inteligentes, pero sí existe el peligro de que desarrollen menos habilidades críticas si el uso de la tecnología no se regula adecuadamente; en ese sentido, destaca que el aprendizaje no puede reducirse a la acumulación de información, sino que requiere interacción, diálogo y conflicto cognitivo.
Por otro lado, Jiménez Moreno advierte sobre el impacto del uso excesivo de pantallas desde edades tempranas sobre todo en las nuevas generaciones que ya nacieron inmersos en un mundo cada vez más digital.
“Se genera un proceso de aislamiento que debilita dimensiones fundamentales del ser humano, como la ética, que se construye a partir de la relación con otros", argumenta el especialista, asimismo "se empobrece el proceso formativo, porque el aprendizaje se vuelve pasivo, meramente expectante”, explica en una entrevista a Presencia Universitaria desde Ciudad de México.
Señala que actividades (cada vez menos practicadas) como la lectura, el arte, la música o el deporte tienen un papel estructurador más profundo en el desarrollo cognitivo y emocional; en contraste, el consumo constante de contenido digital puede limitar la capacidad de reflexión y el vínculo con los demás. Solo por ejemplificar, sobre la reducción de las actividades físicas y el crecimiento del sedentarismo recientemente un artículo publicado por Naciones Unidas (ONU) señala que los jóvenes pasan menos de 60 minutos al día haciendo algún tipo de actividad física, el mínimo recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Menos coeficiente intelectual
En la misma línea, el psicólogo clínico e investigador de la UNAH, Ernesto Gálvez, advierte que la tecnología ha modificado significativamente la forma en que las nuevas generaciones enfrentan los desafíos. “Nos ha hecho dependientes y no fomentamos capacidades como la resolución de conflictos. Antes había más creatividad, ahora todo debe ser inmediato, cosas como la gratificación, el placer y las respuestas”, afirma.
Gálvez señala que esta dinámica ha tenido consecuencias a nivel cognitivo y emocional. “Por primera vez en la historia, la generación Z presenta rasgos de coeficiente intelectual menores que los de sus padres, no significa que sean menos capaces, sino que han trabajado menos las conexiones neuronales, lo que afecta su creatividad y su toma de decisiones bajo presión”, explica el experto.
Asimismo, advierte que esta falta de tolerancia a la frustración está relacionada con el aumento de padecimientos como la ansiedad, el estrés, los desórdenes alimenticios, las conductas de autodaño y la baja autoestima. “Los jóvenes tienen más dificultades para analizar y soportar situaciones de presión”, continuó argumentando.
Herramienta y equilibrio
Frente a este panorama, los especialistas coinciden en que el problema no radica en la tecnología en sí, sino en el uso que se le da. Jiménez Moreno plantea que la clave está en encontrar un equilibrio.
“No se debe satanizar la tecnología, es una herramienta que facilita procesos, especialmente los rutinarios, pero no debe sustituir la creatividad, el pensamiento crítico ni los vínculos humanos”, sostiene.
En el ámbito educativo, propone integrar la IA de manera estratégica, por ejemplo, utilizarla como apoyo para estructurar contenidos o como herramienta de diálogo crítico. “Se puede pedir a los estudiantes que interactúen con la IA, pero luego cuestionen sus respuestas, identifiquen vacíos y desarrollen su propio pensamiento”, explica.
Finalmente, destacó que el verdadero reto es evitar una “sobresimplificación” de la experiencia humana, en ese sentido dijo que “la tecnología debe permitirnos tener más tiempo para el arte, la reflexión y las relaciones humanas, no reemplazarlas”, acotó.



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