
Por: Lesbi Julissa Cruz
Una investigación puede ser rigurosa, necesaria y capaz de mejorar la vida de muchas personas; sin embargo, sus posibilidades de producir cambios disminuyen cuando no sabemos que existe, no comprendemos sus resultados o no logramos relacionarla con las necesidades del país. Investigar no termina al concluir un proyecto o publicar un artículo, sino que también implica organizar la información, explicar lo encontrado y mostrar por qué ese conocimiento importa.
En una universidad pública, esta responsabilidad es todavía mayor, ya que la sociedad tiene derecho a conocer qué se investiga, qué capacidades se están formando, cómo se utilizan los recursos y de qué manera el conocimiento contribuye al desarrollo nacional. En ese contexto, las estadísticas y las visualizaciones de datos son fundamentales para cumplir esa tarea, siempre que se utilicen con rigor, claridad y sentido crítico.
Medir para saber dónde estamos
Las estadísticas forman parte de la investigación desde sus primeras etapas. Ayudan a seleccionar información, comparar situaciones, identificar tendencias y determinar si una conclusión está realmente respaldada por los datos. También permiten reconocer algo que a menudo se olvida: todo resultado tiene límites y ninguna cifra puede explicar por sí sola una realidad compleja.
Pero las estadísticas no sirven únicamente dentro de cada proyecto. También permiten que una universidad conozca su propia actividad científica. Gracias a ellas podemos saber cuántas investigaciones están en proceso, qué problemas se estudian, en cuáles áreas existen mayores capacidades y dónde se necesita más formación, financiamiento o acompañamiento.
Sin información organizada, muchas decisiones terminan dependiendo de opiniones, solicitudes aisladas o prioridades momentáneas. Con datos confiables, en cambio, es posible reconocer desigualdades entre áreas del conocimiento, identificar temas emergentes, evitar la repetición innecesaria de esfuerzos y promover colaboraciones entre facultades, campus y disciplinas.
Esta necesidad es especialmente importante en América Latina y el Caribe. Según el informe El Estado de la Ciencia 2025, elaborado por la Red Iberoamericana de Indicadores de Ciencia y Tecnología y publicado por la Organización de Estados Iberoamericanos y la UNESCO, la región destinó en 2023 alrededor del 0.60 % de su producto interno bruto a investigación y desarrollo. Ese mismo año, cinco países concentraron el 88 % de la inversión regional, mientras las universidades reunieron el 74.2 % de las personas dedicadas a la investigación.
Estas cifras reflejan una distribución desigual de las capacidades, pero también confirman el papel central de las universidades. En gran parte de nuestra región, hablar de ciencia significa hablar de instituciones de educación superior y, especialmente, de universidades públicas.
"Las estadísticas permiten que una universidad conozca su propia actividad científica y tome decisiones basadas en evidencia", mencionó el profesor Ramón Álvarez.
Lo importante no cabe en una sola cifra
Medir la investigación no significa contar únicamente artículos científicos. Para comprender cómo funciona la ciencia en una universidad también debemos conocer las condiciones que la hacen posible: el financiamiento disponible, el tiempo que los profesores pueden dedicar a investigar, la formación recibida, los laboratorios, el equipamiento y el acceso a información científica.
También es necesario observar los procesos: los proyectos en ejecución, el acompañamiento metodológico, la participación estudiantil, el trabajo entre disciplinas, las redes de colaboración, el cumplimiento de principios éticos y la capacidad institucional para dar seguimiento a las investigaciones.
Después aparecen los productos. Estos pueden ser artículos, libros, tesis, informes técnicos, bases de datos, programas informáticos, prototipos, patentes y materiales educativos. También deben reconocerse las traducciones, los archivos documentales y las producciones humanísticas, artísticas y culturales que surgen de procesos sistemáticos de investigación.
Sin embargo, un producto no equivale automáticamente a un impacto. Publicar un informe es un resultado importante, pero su impacto puede aparecer más adelante, cuando ese conocimiento mejora una clase, orienta una política pública, fortalece una organización, modifica una práctica profesional o ayuda a una comunidad a tomar mejores decisiones.
Algunos cambios pueden observarse rápidamente; otros requieren varios años. Muchos tampoco pueden resumirse de manera adecuada mediante una cifra. Por ello, los indicadores deben complementarse con testimonios, estudios de caso, seguimiento de experiencias y otras formas de evidencia que permitan conocer cómo fue utilizado el conocimiento.
Las publicaciones, las citas y la colaboración internacional ofrecen información valiosa, pero no representan por sí solas toda la calidad, pertinencia o utilidad social de una investigación. Tampoco la posición en un ranking puede resumir el aporte científico y social de una universidad.
Iniciativas como la Declaración de San Francisco sobre Evaluación de la Investigación (DORA) y la Coalición para el Avance de la Evaluación de la Investigación (CoARA) han señalado que los indicadores deben apoyar el juicio académico, no reemplazarlo. Ambas promueven una evaluación que valore una mayor diversidad de contribuciones y que no confunda el prestigio de una revista con la calidad de cada trabajo publicado.
Esto resulta especialmente pertinente para Centroamérica. Una investigación sobre una enfermedad local, una práctica cultural, un problema educativo o una necesidad territorial puede ser muy valiosa para Honduras, aunque no alcance una elevada visibilidad internacional. Medir responsablemente significa reconocer tanto la calidad científica como la pertinencia social del conocimiento.
El agua se perfila como uno de los mayores desafíos para Tegucigalpa. El crecimiento urbano, el cambio climático y la presión sobre las fuentes de abastecimiento exigen una gestión más eficiente y participativa.
La coordinadora del Centro Experimental y de Innovación del Recurso Hídrico de la UNAH, Tania Peña, advirtió que el principal riesgo para Honduras no son las sequías o las inundaciones, sino los conflictos por el acceso al agua. Incluso, señaló que ya se han registrado disputas entre comunidades que han requerido la intervención de las autoridades.
La investigadora también reveló que en el Distrito Central existen más de mil quinientos pozos, la mayoría de propiedad privada, lo que representa un reto para su regulación y aprovechamiento en situaciones de emergencia.
Durante el espacio "Diálogos por el Futuro", la representante del PNUD, Astrid Mejía, destacó que garantizar la seguridad hídrica requiere fortalecer la gobernanza del agua, proteger las zonas de recarga, impulsar inversiones estratégicas y reducir la contaminación.
Especialistas coinciden en que asegurar el agua para las futuras generaciones depende de la planificación, la investigación y del compromiso de toda la sociedad.

Investigadores, docentes y estudiantes analizan datos para hacer visible el conocimiento científico y su aporte a la sociedad.
Del registro al conocimiento público: el SGI
La UNAH ha comenzado a dar un paso importante en esta dirección mediante el Sistema de Gestión de la Investigación (SGI). Lanzado institucionalmente en marzo de 2026, el sistema fue desarrollado con participación de estudiantes y profesionales de la Universidad, con el propósito de modernizar, integrar y hacer más transparentes los procesos relacionados con la investigación.
Actualmente, el SGI permite registrar proyectos de investigación. Este registro permitirá mejorar la organización de la información, la trazabilidad de los proyectos, el seguimiento institucional y la generación de evidencia para la toma de decisiones.
Durante 2026 está prevista la incorporación progresiva de nuevos componentes para registrar publicaciones, actividades de comunicación de la ciencia, la tecnología y la innovación, así como actividades de capacitación en investigación. Esto permitirá ampliar la mirada institucional: pasar de conocer principalmente los proyectos a comprender también qué productos generan, cómo se comunican y qué capacidades se están formando.
El desarrollo modular del SGI permite que la plataforma incorpore nuevas funciones conforme se consoliden los procesos institucionales. Entre sus principales fortalezas destacan precisamente la centralización de información, la estandarización de procedimientos, la trazabilidad y la posibilidad de contar con datos más oportunos para el seguimiento y la planificación.
También se prevé habilitar un portal público de información del SGI. En este espacio se presentarán tableros con estadísticas y bases de datos sobre las actividades de ciencia, tecnología e innovación registradas en el sistema.
El portal público del SGI puede convertirse en un puente entre la Universidad y la sociedad, haciendo visible el conocimiento que se genera en la UNAH, confirmó el profesor Ramón Álvarez, esto permitirá mostrar qué temas se investigan, qué unidades participan, cómo evoluciona la producción académica y qué actividades se realizan para formar investigadores y comunicar el conocimiento.
Un tablero no debería limitarse a exhibir cifras acumuladas. Su mayor valor estará en ayudar a formular preguntas: ¿qué problemas nacionales reciben mayor atención?, ¿en cuáles campus están creciendo las capacidades?, ¿qué áreas necesitan apoyo?, ¿qué investigaciones han logrado vincularse con comunidades, instituciones públicas o sectores productivos?
Datos para gobernar y comunicar la investigación
La Política Institucional de Ciencia, Tecnología e Innovación de la UNAH, aprobada recientemente en 2026, ofrece un marco favorable para este proceso. La política establece que la Diciht debe recopilar, analizar y difundir información sobre el desempeño del Sistema de Investigación Científica, Humanística y Tecnológica (SICIHT) mediante indicadores alineados con la evaluación responsable, la ciencia abierta y la pertinencia social. También contempla la elaboración periódica de informes, estudios de caso y materiales de divulgación.
La política reconoce, además, la importancia de comunicar la ciencia a públicos no especializados y establece que los resultados de la evaluación institucional deben ser públicos y contribuir a la mejora continua. Esta orientación coincide con la Recomendación de la UNESCO sobre Ciencia Abierta, que promueve un conocimiento más accesible, transparente e inclusivo.
El SGI puede convertirse en la infraestructura que conecte estos principios con la práctica cotidiana. Si los registros se mantienen completos, actualizados y comparables, la Universidad podrá identificar tendencias, orientar convocatorias, planificar inversiones, reconocer capacidades y comunicar mejor sus aportes.
Las autoridades necesitan datos para tomar decisiones; las facultades y campus, para planificar; los investigadores, para encontrar colaboradores; los estudiantes, para identificar oportunidades; y la ciudadanía, para comprender qué hace la Universidad con los recursos y capacidades que la sociedad le confía.
"Medir la investigación no significa contar únicamente artículos científicos; también significa comprender las condiciones que hacen posible la ciencia, para decidir con mayor responsabilidad y permitir que la sociedad comprenda el valor de la investigación universitaria." aseveró el profesor Ramón Álvarez.
Cuando los datos se organizan, se explican y se hacen públicos, la ciencia no solo se vuelve más visible: también puede ser más útil, transparente y cercana al país que la sostiene.

Profesor Ramón Álvarez coordina la Unidad de Estadísticas y Evaluación de Resultados de Impacto de la VRA-DICIHT, como función transversal para evaluar el impacto de la investigación más allá de las métricas.



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