
Por: Esdras Díaz Madrid
Miguel Ángel González lleva 48 años recorriendo la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) vendiendo periódicos, que con el auge de la era digital cada vez se venden menos, comenta con cierto aire nostálgico. Mientras caminamos bajo un sol tenue en Ciudad Universitaria en Tegucigalpa, Miguel, que ha recorrido infinitas veces aulas y corredores de la universidad más importante del país, dice que cuando la fiebre, la gripe o el dolor de cabeza lo alcanzan, hace lo que hacen miles de hondureños a lo largo y ancho del territorio nacional, compra medicamentos en la pulpería o la farmacia más cercana, guiándose por el precio y a veces por la calidad.
González dice que no se mide la presión con regularidad, no suele consultar a un médico y, como muchos, se automedica cuando los síntomas aparecen. Su historia, cotidiana y aparentemente inofensiva, es un reflejo de un problema mayor que se esconde en la cotidianidad de millones de hondureños que, sin darse cuenta, están haciendo un uso indiscriminado de medicamentos y antibióticos.
La venta parece ya normalizada en barrios, mercados y rutas de transporte público, es uno de los factores que alimentan una de las mayores amenazas actuales para la salud pública: la resistencia a los antibióticos.
"Ernesto Montes", (cuyo nombre fue cambiado para este artículo), administra uno de los típicos kioscos metálicos de color azul y amarillo dentro del campus universitario y otro en la periferia de Ciudad Universitaria, explica que si bien dentro de la UNAH está prohibida la venta de medicamentos, en los puestos ubicados frente al bulevar Suyapa y para los vendedores ambulantes en las rutas de transporte no existe regulación alguna; en esos espacios, los fármacos circulan sin control sanitario ni verificación de calidad.
La situación se asemeja en farmacias formales, relata Secia Ramírez, química farmacéutica que trabaja para una cadena nacional, quien dijo que muchos clientes al momento de comprar medicamentos priorizan el ahorro y piden directamente los medicamentos “más cómodos”, incluso sin orientación profesional, es decir, el precio termina imponiéndose sobre el uso responsable.
Para la doctora Wendy Murillo, profesora e investigadora de la Escuela de Microbiología de la Facultad de Ciencias de la UNAH, la resistencia a los antibióticos ya es considerada una crisis mundial. Explica que, en el caso de las bacterias, la resistencia ocurre cuando estas siguen replicándose aun en presencia del antibiótico, lo que permite que la infección persista y se disemine dentro del cuerpo y entre poblaciones.
El problema se agrava cuando los antibióticos se usan sin diagnóstico médico. “No todas las infecciones son bacterianas”, subraya Murillo, pues virus, hongos y parásitos pueden provocar síntomas similares, pero los antibióticos no funcionan contra ellos, al utilizarlos de forma incorrecta, se reduce el número de opciones terapéuticas disponibles y se acelera la resistencia.
En Honduras, aparte de que la automedicación es común, los antibióticos pueden adquirirse sin receta en distintos puntos de venta. A esto se suma la circulación de medicamentos de dudosa calidad, con concentraciones inadecuadas, que no solo no curan, sino que agravan el problema de la resistencia antimicrobiana.
Sin ley, sin control
Consultada sobre la existencia de un marco jurídico que regule la venta de antibióticos en el país, la doctora Murillo es clara: “No existe una ley que se aplique de manera efectiva para impedir la venta de estos medicamentos sin prescripción médica”, señala la profesional. Esa ausencia de regulación sumada a la responsabilidad individual, la práctica comercial de algunas farmacias (donde impera más el lucro) y la falta de control estatal ha permitido que el problema se expanda hasta volverse difícil de contener.
En otros países como Suecia, donde Murillo realizó su doctorado en Virología, en el Instituto Karolinska, Estocolmo, la venta de antibióticos está estrictamente regulada, nadie puede adquirirlos sin una receta médica basada en un diagnóstico previo. En contraste, en Honduras y gran parte de Centroamérica, el control es mínimo o prácticamente inexistente, igual realidad comparte México, continuó diciendo Murillo, quien aduce que problema es sin duda, regional.
Consecuencias
El problema es silencioso, pero puede ser letal según la Organización Panamericana de la Salud, más de 700,000 personas mueren cada año en el mundo por infecciones causadas por bacterias resistentes a los antimicrobianos. De no cambiar el rumbo, esta cifra podría alcanzar los 10 millones de muertes en los próximos 25 años, con pérdidas económicas que superarían los 100 billones de dólares para 2050, así lo sostiene una publicación realizada por este organismo regional, adscrita a la Organización Mundial de la Salud.
La resistencia antimicrobiana implica hospitalizaciones más largas, mayores costos médicos y un aumento de la mortalidad. Infecciones que antes eran fácilmente tratables como neumonía, tuberculosis, gonorrea o salmonelosis hoy son cada vez más difíciles de curar.
Los antibióticos comenzaron a utilizarse hace menos de 100 años. Desde que Alexander Fleming descubrió la penicilina en 1928, y el primer paciente la recibió en 1941, estos fármacos transformaron la medicina moderna, reduciendo drásticamente la mortalidad por infecciones que antes eran letales. Sin embargo, su uso inadecuado e indiscriminado ha acelerado un fenómeno que, aunque natural, hoy avanza a un ritmo peligroso.
Recomendaciones
La doctora Murillo advierte que, si no se modifica la forma en que se prescriben y consumen los antibióticos, ni siquiera el desarrollo de nuevos medicamentos será suficiente. Urge cambiar comportamientos, fortalecer la regulación estatal y promover medidas preventivas como la vacunación, el lavado de manos, la higiene alimentaria y el uso responsable de los fármacos.
Mientras tanto, historias como la de Miguel Ángel González se repiten cada día. En ellas no hay mala intención, solo costumbre y necesidad. Pero en ese gesto simple de comprar un antibiótico sin receta, contribuye a que Honduras enfrente una amenaza silenciosa que crece sin control y que, de no atenderse, puede dejar al país y al mundo sin armas para combatir las infecciones más comunes, que siglos atrás provocaban muerte y dolor.



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